Quizás esta sea la última vez que me mude. Realmente es fastidioso cambiar de casa tan seguido pero es bien sabido que no me queda otro remedio.
Si perdí la razón no es seguro. Lo único que puedo afirmar es que hay alguien más que habita en nuestra casa, o mejor dicho en cada casa que cambiamos cada seis meses. Entonces ocurre lo mismo noche tras noche. Y al día siguiente, cuando se lo cuento a mi mujer o a mis hijos sonríen con esa expresión burlona que pone en duda mis cabales. Me gustaría que ellos lo escuchen como yo, pero no hay caso.
Mi rutina en cada nuevo hogar es la siguiente. Me levanto cuando aún no ha salido el sol y, con mucho sigilo, pongo la pava al fuego y me cebo unos mates. Mientras, abro el placard para elegir la ropa que voy a usar y nunca encuentro nada. Si es invierno aparece la vestimenta de verano, si es verano la de invierno. Entonces me visto con lo primero que encuentro, para no despertar a nadie. Al cabo de una hora, mi mujer se levanta y abre las ventanas de par en par para que entre la luz de sol. Es ahí donde le pregunto si ella cambió mi ropa de lugar, y me responde como siempre que no.
Por la noche, cuando todos se han ido a dormir, me gusta mirar las estrellas y pintar con acuarelas en la oscuridad, aunque no vea nada. Es entretenido observar cómo quedan los dibujos al día siguiente. Cuando llega la madrugada comienzan los ruidos extraños. Escucho cubiertos que chocan entre sí y al entrar a la cocina están desordenados sobre la mesa. El mantel tiene manchas de vino tinto y migas de pan. Un corcho descansa en una silla y el aroma a sopa lo inunda todo. Con verdadero asombro, vuelvo al balcón por cinco minutos para mirar de nuevo las estrellas. Miro las manecillas de mi reloj pulsera y regreso a la cocina. Todo está en su lugar. No hay ningún cubierto desordenado, ni las migas de pan, ni el mantel con las manchas de vino tinto. Es inútil decir que esa noche no cenamos en casa, ni nos gusta el vino tinto, ni jamás en mi vida vi esos cubiertos. Al irme a la cama vuelvo a escuchar los cuchillos que chocan contra los tenedores y no me atrevo a volver a la cocina.
Al día siguiente abro los ojos con dificultad porque el sol me enceguece por la ranura de la persiana. Otra vez me visto con lo primero que encuentro y busco a tientas las pantuflas. Como siempre me resigno a pasar frío porque la ropa está desordenada. Mi señora duerme y se mueve mientras arrastra la sábana por el piso. Voy al patio y descubro una planta nueva. Cuando me acerco para mirarla la planta se encoge. Al alejarme florece y rompe la maceta que la contiene. Busco una regadera e intento echarle agua. En ese preciso instante desaparece. No quedan rastros ni de la maceta.
Seis meses más tarde nos volvemos a mudar. Es dificultoso embalar los objetos por categoría y al llegar al hogar nuevo encontrarse todo mezclado. A veces he tenido la sospecha de que nada nos pertenece. La inefable sensación de que todo es falso.
El camión de la mudanza estaciona frente a la casa nueva. Un hombre alto y flaco al extremo me ayuda a bajar los muebles más pesados. Una vez terminada la mudanza, le pago al tipo. Y mientras me da el vuelto le pregunto por mi familia. Pienso que tal vez están dentro de la casa, esperándome. El hombre me mira asombrado y me dice que creyó que yo era solo.
Trato de encontrarle una razón a todo esto.